Thank you, Max

Revisando una libretita mía de 1997, encontré algunos pasajes entrecomillados. Presumo que son de Kafka, de quien leí sus diarios al derecho y al revés. Y no voy a usar Google para ver si estoy en lo cierto, porque además me tiene absolutamente sin cuidado ese detalle: Google nos está desbaratando a todos la estructura cerebral, ya nada está en su sitio en los cajoncitos de la memoria y ni siquiera nos damos el permiso de ir a parar, gracias a un bendito error, en aquellos parajes que inconscientemente nos interesan. Basta de Google como ventana paralela de la vida, sus azares, sus imprecisiones, sus misterios.

Creo que cuando uno se toma la inmensa molestia de copiar (en manuscrito y en un diario personal que nadie leerá) ciertas citas que va encontrando durante sus lecturas debe ser porque, en algún lugar, siente como si esas palabras lo expresaran, como si fuera su autor incluso. Las  pongo, por eso, aquí en mi blog; ni siquiera dice de qué libro fueron tomadas, la editorial, la traducción, la página (¡qué fiasco de egresada de la Facultad de Humanidades!). Como dije, tampoco puedo asegurar que en verdad se trate de Kafka; a lo mejor fui yo misma quien escribió esto, aunque mi padre definitivamente nunca me trató así. Pero para qué obsesionarse con las pasajeras personalidades individuales.

Desde que tengo uso de razón he tenido preocupaciones tan profundas por el mantenimiento de mi existencia espiritual, que todo lo demás me fue indiferente.

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Si mi padre solía decirme en un tiempo, en sus furibundas pero inútiles amenazas: Te mato como a un perro -en realidad ni siquiera me tocaba-, ahora esa amenaza opera independientemente de él. El mundo -F. es su representante- y mi yo matan a mi cuerpo en un conflicto irreconciliable.
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Es como cuando un hombre tiene que subir cinco peldaños de una escalera y otro un solo peldaño que, sin embargo, al menos para él, es tan alto como aquellos cinco juntos; el primero no sólo superará esos cinco peldaños, sino centenares y millares de peldaños más; habrá llevado una vida grande y muy esforzada, pero ninguno de los peldaños que habrá escalado tendrá para él la importancia que tiene para el otro aquel peldaño único, primero, alto, imposible de escalar aun si empeñaba en ellos todas sus fuerzas, a cuya altura no puede subir, y más allá del cual, lógicamente, tampoco puede llegar.


If I abandon literature, I'll cease existing.

Biografía, citas, afectos, fotos: http://www.kafka-franz.com/kafka-Biography.htm

San Benito Ora Pro Nobis

San_benito_himself

Revolviendo en el cajón, me topo de pronto con mi cruz de San Benito. Es enorme, pesada, casi medieval: un peto digno para una monja ad honorem, escudo metálico adornado con la intimidante cara de Medusa; compuerta brutal, esclusa de canales que le cierra el paso al corazón para intentar protegerlo. Hace tiempo que la tenía en el cajón de mi mesa de luz, bien cerca, por si acaso -San Benito es el patrón de la Buena Muerte-; en cambio, cuando vivía en Guanajuato solía usarla, aunque por debajo de la ropa para no sumarme al sello cristero del Bajío. Tiene un exorcismo grabado, un verdadero exorcismo contra demonios; supongo que cuentan por igual los propios o ajenos, internos o externos, reales o imaginarios.

Non Draco Sit Mihi Dux/ No sea el demonio mi guía

Me llega de pronto la certeza de que necesito el frío peso protector de la cruz custodiando ese oscuro escondite entre mis pechos: el corazón, flanco por el que podria filtrarse el mal y hacerme perder la vida, el alma. No: perderme a mí. La debilidad de no ser auténtica. Así que -sin darle más vueltas, sin pensar ni un instante en el país ateo y agnóstico e intelectual- tomo la tosca cadena y me la paso por la cabeza, quizás sugestionada por el inminente olor a hierro, a tardes solitarias, a tormentas por venir: "cadena al cuello" que no es igual a "cadena perpetua". Y no entiendo nada de lo que me sucede. Como todo buen poseído por el diablo, no entiendo nada. Sin embargo, la función de la cruz de San Benito es traerle a uno la paz a toda costa: sea aplacando los demonios, expulsándolos o, mejor aún -esto lo agrego yo, desde una sensibilidad menos dualista que la judeocristiana-, redimiéndolos, transformándolos otra vez en bellos pero equivocados ángeles. O sea, en su defecto, por lo menos dándonos la garantía de una buena muerte. Tampoco está tan mal.

Z_benito_crucifijo
El padre que nos casó en Guanajuato era, precisamente, un exorcista. El abad Juan Rodríguez, de la Basílica, aunque nos casamos en el precioso y pequeño templito de San José que queda a la vuelta. Por supuesto que en su momento no conocíamos semejante detalle: lo averigüé años más tarde por azar, leyendo un artículo de la revista Gatopardo. "Con razón...", me dije. "Él sí pudo". También en mi cuento "La ofrenda", publicado en El mar de Leonardi y otras humedades, la narradora habla al final con un cura para que realice un exorcismo en la casa de unos amigos (por cuyo diabólico espíritu huésped se siente culpable). En la verdadera historia detrás del relato, en realidad fuimos Alinda y yo, juntas, quienes se lo pedimos al viejísimo sacerdote de la Iglesia de Punta Carretas, aunque finalmente el exorcismo jamás se concretó. Los dueños de la casa se rieron de nosotras. Lo bien que hicieron. Los exorcismos sólo dan resultado cuando es el dueño de la casa el que quiere deshacerse de los demonios, dice mi cuento.  

Lo que tiene la cruz de San Benito es que equivale al exorcismo portátil. Siempre a mano, en una especie de USB móvil: así, uno se asegura siempre la conexión, sin tener que pasar por papelones por pedirlo ni bochornos al enterarse de haberlo recibido en secreto.

Ya pertrechada nuevamente con la cruz bajo la blusa, tapa blindada que ahora me cubre el cuarto chakra o Anahata, el del atormentado y delicado corazón -siempre que pienso en el corazón como órgano, me acuerdo de los aztecas y sus tzompantlis rebosantes de carne sangrienta que palpita-, siento cierto supersticioso alivio. Oh, mi Sagrado Corazón.

Sagrado_corazon
Vade Retro Satana/ ¡Apártate, Satanás!

Numquam Suade Mihi Vana/ No sugieras cosas vanas

En eso, reparo en un trocito de metal sobre la cama, una especie de horqueta, una i griega. Sé, desde lo racional, que sería imposible que se tratara de un dispositivo intrauterino (diu), pero eso es lo primero que me viene a la mente. Me perturba esa pieza triangulada de no se sabe dónde que apareció allí no se sabe cómo. ¿Un moco seco, enorme? ¿Una astilla del piso traída por las medias, gigantesca y opaca?

Lo tomo al final entre los dedos y quedo estupefacta, en silencio total, incluso en los pensamientos. Se trata de un pequeño Jesús crucificado, un Cristo que -ahí lo recordé- solía ser parte de mi cruz. Siempre me puso mal aquel memento del martirio, la tortura, el sacrificio, la culpa, pero es que el artefacto de San Benito lo incluye por default: ni modo. No entiendo cómo llegó de la cruz hasta la cama: creo que se desprendió por su propia voluntad, se tiró desde la cruz como un suicida de pretiles y cornisas. Cauto, pudoroso, compasivo, me ahorró el contacto piel a piel con su bello cuerpo -magro, dolido- de hombre vital y todavía joven. Y, justamente, ahora la cruz de San Benito sin él se me figuraba perfecta.

Al no estar más la cruz por detrás, me pareció que los brazos del mini Jesús estaban, en realidad, extendidos hacia mí; festivos, lejos de clavos y sufrimientos. Danzaba, me recibía entusiasmado y libre (igual que cuando uno gira boca arriba la carta XII del tarot, El Colgado, y se le figura un bailarín en vez de un preso del tobillo). Pero yo seguía prefiriendo tener sólo aquella cruz de signos contra el pecho; despejada, lisa y sin nadie que no fuera yo misma junto a mi invisible San Benito protector. O -más certero todavía- sin nada más que todas esas letras y palabras, todo aquello que se concentra en la medalla central.

Medallita

Ipse Venena Bibas/ Bebe tú mismo el veneno

Soy compasiva con los demonios que percibo afuera porque nunca se sabe si, en realidad, no podrían llegar a aparecer dentro de mí bajo alguna circunstancia. Hay una historia persa sobre Lucifer que reporta Joseph Campbell cuya versión cambia totalmente la idea que tenemos de la rebelión del demonio. No fue orgullo ni desobediencia: Luzbel se negó a inclinarse frente al hombre, como se le exigía, porque su amor por Dios era tan desmedido y absoluto que no soportaba la idea de reverenciar a nada ni a nadie más. Por eso su bien amado lo condenó al infierno; claro, tomando la idea del infierno como verse apartado de lo que se ama. Y ahí me viene a la memoria algo que leí (seguramente también fue en algún libro de Campbell, pero sería un libro 1.0 porque no encontré su cita en internet): ¿Cómo soporta Lucifer estar apartado para siempre de Dios, que era todo su amor? Por la memoria del eco de su voz cuando le dijo: "Vete al infierno". Siempre me impresionó cómo aquella última reverberación de la presencia del amado podía ser capaz incluso de aportarle consuelo, aunque el dolor que implicaba en sí fuera terrible. Quizás todavía tengamos mucho que aprender del diablo, al menos según la tradición persa. Dice Nietzsche que los que más han amado al ser humano le han hecho siempre el máximo daño. "Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes". Me parece que se aplica a todo. 

Baleam
Lucifer
Satan_cayendo_del_cielo

Levanté entonces aquella figurita de Cristo de la cama. Me dio pena y la guardé en un bolsillito del monedero. Pero me siento más cómoda así. A solas con la azarosa configuración personal que ahora va oculta, como un secreto y contra mi cuerpo, en aquella viejísima cruz.

Satanas_y_cristo

 

 

 

 

Morfeo, je t ́aime et je t ́aimerai

En el taller presencial de los lunes ("lunático") estamos trabajando con sueños como disparadores de la creación literaria. Todos los años me mando algún modulito desde los misteriosos pantanos de Morfeo; los llevo a todos caminando, cautos, sobre su gelatinosa vegetación, sus oscuros lodos. Hay alumnos que se desesperan porque no consiguen recordar sus sueños -al principio, porque en general siempre terminan poniendo algún huevo victorioso en el gallinero del inconsciente-; otros reportan un pico maníaco de producción onírica, fenómeno que suele menguar y estabilizarse al terminar con el módulo y pasar a otros trabajos de motivación literaria. Yo misma, como siempre, recibo una sopa de mi propio chocolate y también debo vérmelas cada noche con una creatividad exacerbada de mi doble vida, la nocturna. Pero a estas alturas del partido, y como autora de un diario de sueños a lo largo de casi tres décadas (en varios tomos, se entiende), cuando se me da el privilegio de soñar tanto, lejos de causarme temor o incertidumbre, me parece una oportunidad, un regalo.

Siempre me acuerdo del Darno, que decía no soñar más a causa de tanto psicofármaco. A mí esa resignación a haber sido despojado de una faceta tan indispensable me estrujaba el alma, así que le escribía algunos sueños míos y se los mandaba  como regalo por correo (postal: no había internet). Para que al menos tuviera algunos de su propiedad, pobre. Aquello me valió al final el mote de "mi donante de sueños". Un honor. Lo que pasa es que a mí me brotaban de a tres, cuatro, hasta seis sueños por noche; no me gustaba volverme una avara, una hacendada en tierras de hambre y desierto. Para mi orgullo, en su mayoría eran impactantes, no con menor detalle y nitidez que la vida habitual en la vigilia. Lamentablemente, ya no puedo portar en mí semejante bendición-a-la-vez-que-maldición, pero de todos modos me las ingenio para mantener una prolífica producción de cuadernitos dedicados exclusivamente a mis ahora más pálidos sueños. Malgré tout. 

Estos días vine a encontrar en mi altillo una cotizada agenda, la de 1992. Digo "cotizada" porque fue uno de los mejores años de mi vida, con mucha amistad y alegría en comunión, y además porque mi amiga Alais recordaba bien que allí habíamos dejado registrado una especie de viaje iniciático conjunto que hicimos al Cabo Polonio durante un par de semanas -hasta alucinaciones al natural tuvimos: a ese nivel de intensidad fue la travesía, con muchos insights y eventos surrealistas que uno diría que no son lo más autóctono de estas tierras- e insistía en que se la prestara alguna vez, cosa que hice ahora. Lo bueno es que escondidos allí, como apuntecitos entre los pendientes de trabajo en la productora, los eventos sociales -muchos- y las constantes llamadas de mis amigos (que tuve el tino de dejar consignadas allí para futuros y difíciles tiempos de eremita, que ya sé que siempre vuelven), más perlitas manuscritas de sentido incomprensible, del tipo "Decadencia total: todo el día en la cama leyendo El informe Hite y durmiendo", o "Historia del enanito que vende la sabiduría en tres tomos", encontré un montón de sueños míos. Registrados de una forma muy escueta, un mero apuntecito que no iba más allá del argumento: me llama la atención que no llevara un diario de sueños comme il faut, aparte, como he venido haciendo desde los veinte años. Pero al menos no los perdí. 

Es muy interesante -y eso intento trasmitirle a los alumnos del taller cuando nos embarcamos en este módulo, por lo general utilizando alguna cadena de sueños propios como ejemplo y luego de la que, boca abierta, comprueban que efectivamente existe una historia por debajo cuando uno pone los sueños en secuencia y los sabe "leer"- cómo la expresión onírica tiene hilos conductores, temas reconocibles, lógica interna. Tal como si se tratara de una novela. E incluso personajes que se reiteran: uno toma prestados a sus conocidos de la realidad para encarnar ciertos arquetipos, pero va mucho más allá del "civil" que aparece. Yo, por ejemplo, tengo más que identificadas a mi Hera y mi Afrodita, y los vericuetos que viven estas dos mujeres en mis sueños me van mostrando la evolución de mi relación con sus figuras simbólicas: trasciende con creces a las de carne y hueso, si bien nunca es arbitraria la proyección. Y así, el que lleva a conciencia un diario de sueños (a lo largo de los años) llega a darse cuenta de las gestas épicas en las que su inconsciente estuvo embarcado en determinada época: "Yo soy mi casa" y "Crecer duele" son dos de mis historias favoritas: se las cuento a los integrantes de los talleres cuando llega la hora de hacerle los honores a Hipnos. No hay caso: la única forma de lograr la desnudez del alma ajena es arriesgarse primero al striptease propio. Poner el cuello y confiar en que el otro no aprovechará el gesto de entrega para rematarlo, que más bien se sentirá en confianza para compartir lo más sagrado que tiene. 

Revisando los sueños de esa agenda de 1992 -yo tenía 28, 29 años entonces-, me quedó claro que el tema que se jugaba allí en la cancha resbalosa de Morfeo tenía que ver con los hombres. Algo muy tortuoso y lastimado -sobre todo temeroso- se estuvo procesando en mis entretelones oníricos de todo ese año, proceso acompañado, además, por una soledad elegida en cuanto a parejas, amantes, pretendientes -los cortaba de raíz, los echaba más presta que un dragón escupiendo fuego por la boca- y toda posibilidad de vinculación hombre-mujer que no fuera llana amistad. O el pantano platónico con un tal P., que pergeñé inconscientemente para protegerme de los hombres reales, claro. En los sueños, en cambio, había un desfile permanente de todos los caballeros que habían sido importantes en mi vida; no tanto desde lo amoroso propiamente como desde los terrenos de la seducción, el sexo, el deseo. Parecía que todos se iban apareciendo para asistirme en tan difícil trance, en semejante parto alquímico. Sueños eróticos a mansalva (casi siempre sin consumación, al menos en lo que respecta a los sueños mismos: los cuerpos abandonados a los devaneos nocturnos del inconsciente suelen ser mucho más sugestionables), pero que en esta agenda 1992 no tienen mayor interés porque simplemente aparece su apunte como tal, el registro de ellos; no hay mayor argumento, no hay desarrollo, como seguro tendríamos si acaso se tratara de un auténtico cuaderno de sueños "pro".  Igual -ya que le iba a terminar prestando mi valiosa agenda a Alais sin fecha de retorno, porque sé que se deslizará por quién sabe cuántos agujeros de conejos en cuanto empiece a recordar los pormenores de aquel viaje mágico al Polonio, así que seguro no volverá en algún tiempo- tomé nota de algunos sueños que me interesaron como residuo de mis transformaciones de aquel año. Desde aquella fóbica soledad autosuficiente -más que de amazona bélica, de Artemisa virgen- hasta la irrupción inesperada de Afrodita por una grieta fuera de cálculo: lo que pasa es que, para llegar a dar ese salto al vacío, primero cada noche hubo que dejarse ir en muchas aguas oscuras, inciertas, lunares. 

Rescaté algunos pescaditos de aquel mar, ya tan lejano y hasta irreconocible para mí:


Empiezo a encontrar máscaras y antifaces de disfraz. Los tenía guardados y ya no los recordaba.

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Soy de Hungría (¿hunger?). Apuesto y pierdo, y me mandan de nuevo a mi lugar de origen. Tiburones. Voy en un submarino que llega a tierra, y veo cómo uno de los tiburones engulle a un hombre entero. Pido permiso a papá para llevar conmigo mis documentos de identidad. Hay una especie de campamento o colonia de vacaciones.

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Sueño erótico con L. Voy por muchos boliches; uno de ellos recién inaugurado, desde donde trato de hacer una llamada y no puedo. Camino por la ciudad para hacer tiempo. Hay una pantalla gigante, y veo a M. cantando canciones de tipo melódico internacional.

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Sueño con Alinda, me da un buen consejo (no seguir en el pasado, pasar la página con P.) y me dice (en dos sueños: uno “realidad” y otro “sueño” en el sueño) que no lo encontró y que no le pudo dar la carta.

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Sueño con A., pero es algo pelado y viejo, grotesco. Sin embargo, yo razono que todo viene bien con tal de olvidar a P. Aparece Sofía; los tres vamos en un autazo. Catedral de Puebla. Almuerzo. Daniela.

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Iba en un barco. Había estado con P. y nos habíamos apartado. El barco pasaba junto a un  mar que había crecido descomunalmente; la canaleta se había desbordado y el equilibrio del barco peligraba con las olas. A lo alto, en el monte, una enorme caldera estalla en llamaradas y cae al agua. Yo creo que las olas que provoca vendrán hirviendo y que nos quemarán vivos, pero no. Todo se llena de patrullas y humo. 
 

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La necesidad de rescatar ese arquetipo masculino que se me moría en el interior y del cual me seguía retirando cada vez más, sin mayor remedio, se expresaba incluso en recurrentes sueños sobre mi padre herido o en peligro de muerte (en el sueño):

Una mujer de mediana edad tiene de la mano a su padre agonizante, vendado y casi todo cubierto por una sábana blanca. Empieza a llegar gente para el inminente velorio, y el enfermo, a pesar de que no puede hablar, oye todo lo que dicen y los preparativos.

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Sueño que no llego a tiempo para impedir que papá suba en ascensor con unos chantajistas o delincuentes. Desesperada, trato de alcanzarlos por el otro ascensor, pero es inútil. Me dicen que alguien se tiró del piso 60 y que aparentemente es mi padre. Yo no puedo aceptar que creyendo en Dios se haya suicidado, ni que nosotros no le hayamos importado. 

P_peregrinacion


Recuerdo que por aquella época tuve tres episodios extrañísimos (que yo denominé "sueños astrales") durante los cuales efectivamente percibí (despierta en mi habitación, aunque supuestamente dormida en la cama) una figura blanca, fantasmal, como si se tratara de un cono de energía, pero que yo reconocía intuitivamente como "masculina". A tal punto me sería central la necesidad de curar ese vínculo distorsionado; en la dichosa agenda encontré sólo dos registros sobre eso (marcados con muchos asteriscos y colores, ya que para mí fueron experiencias de "antes y después"), pero no sé dónde habrá quedado el tercero o si acaso alguna vez lo escribí. Sólo sé que la figura blanca me habló también aquella última vez sentado tranquilo en el borde de mi cama. Al final dejó de venir; sé que se despidió por decisión mía:


Sueño astral: una figura masculina blanca sentada en el borde de mi cama, induciéndome a algo. Veo cómo mi propio cuerpo astral se desprende, se levanta desde mi pecho como si se estuviera sentando en la cama (mi cuerpo físico permanecía tendido inmóvil: esto era como una transparencia blanquecina).  Entre ellos se comunican sin palabras; yo me resisto, rezo por protección. Dudo si mejor no tendría que dejarme ir, volar o lo que sea; en eso, siento el infinito que viene a toda velocidad hacia mí, estrellas y todo, sin que yo me mueva siquiera (como si volara “al revés”: se mueve lo demás, yo estoy quieta). Me da miedo. Traigo el cuerpo de vuelta. Me duelen las articulaciones.

*

Sueño astral: una figura masculina parado al lado de la cama. Me toca el cuello; yo lo saco, le digo que no. 

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Pero mi pequeña obra maestra en el desarrollo de esta novela onírica -y en ese contexto de mujer solitaria por decisión propia, de monja ad honorem- es ésta. No podría ser más perfecta (ni más humorística, por cierto): 

Soñé que un hombre que me gustaba o a quien yo quería golpeaba insistentemente la puerta de mi cuarto (estaba con llave). Yo le decía: “Ya voy, ya voy”, y mientras iba sacando una especie de sobre de dormir de madera. Lo desenrollaba; era un ataúd. Me metía adentro y le decía: “Ya podés entrar”. 

Pablonewb

Cuando -por fin- la etapa de la Bella Durmiente y su castillo de espinos terminó, cuando se cumplió el siglo y Afrodita encontró el cómplice demencial para tan titánica tarea, entonces tuve algunos sueños que claramente daban cuenta del asunto, o de los terrores del asunto. Todo bastante de manual, visto a la distancia: símbolos fálicos como cigarrillos -¡yo no fumo ni siquiera tabaco!- escondidos nada menos que en carteras  y que además desataban persecuciones policíacas; culpas y justificaciones por haber roto los votos de castidad; presuntos asaltos que al final resultaban ser liberadores festejos de cumpleaños con promesas de amistad, amor, pasión. Se diría que la puerta de mi casa aparecía abierta por eso, y no porque alguien hubiera entrado a robar, finalmente: 

Sueño con cuatro policías de narcóticos vestidos de soldados que me van a buscar a una mesa y piden para revisar mi bolso luego de besarme las manos. Yo sé que tengo un canuto. L. rompe un vidrio y hace escándalo para posibilitar mi huida. Entonces corro y corro. Saco el cuete de mi bolso y lo dejo caer en la calle. 

 *

Sueño que J. se mete en mi cama a dormir y yo le digo que no. Insiste, trata de que lo mime, pero a mí me da rabia que me reclame porque estoy viendo a otro. Le digo que hace un año y medio o mucho más que no me acostaba con nadie (él pretende que hace un par de meses nada más). 

Luego llego a mi piso, y un hombre de gabardina negra y guantes sin dedos toca en lo de la vecina (que tenía puerta de rejas y estaba rodeada de hombres que la defendían, porque ese fulano la quería asaltar). Yo llego a mi puerta y está abierta. Pienso que me asaltaron a mí, pero en el interior están muchos amigos para festejar mi cumpleaños. Veo los cabellos rojos de T. entre ellos. 

 

Artistdream

Los participantes del grupo de los martes o "marciano" -que por ahora no están trabajando con sueños: no me animo todavía, con tantos alumnos de nuevo ingreso- quieren que organice una jornada intensiva de sueños y escritura, como las que hice el año pasado. Y lo estoy considerando. No entiendo quién puede escribir -o cómo- sin atender a sus pequeñas obras de arte de cada noche. Ese es el tiempo en el que se escriben las novelas que jamás serán publicadas, aquellas para las que no se ha inventado género literario encasillador ni concurso al cual ser presentadas (por ahora). Pero la vida es sueño, dicen. O, por lo menos, lo es la tercera parte de ella.

 

 

 

 

Mi vida secreta

Todos tenemos perversiones clandestinas, retorcidos deseos o comportamientos que nos empeñamos en ocultar de los ojos de los conocidos. Es parte del mundo privado, de las potestades que nos da ese momento fundacional de la libertad interior: cuando el niño -si le va bien y es un niño sano y/o si no tiene por madre o padre a la Medusa- se da cuenta de que, por más mirada inquisidora con que lo amenacen sus progenitores, si miente nadie podrá realmente averiguarlo, como tampoco persona alguna llegará a penetrar en sus sueños, fantasías y conflictos silenciosos. Eso está bien: es parte del ser persona. Por eso, en realidad las peores son nuestras perversiones menores, esos pequeños tics de conductas que no pertenecen del todo a nuestro perfil público y, a su vez, son irrelevantes. No se explica, por eso mismo, cuál es el motivo para mantenerlos, dado que resultan incoherentes con lo que somos, valoramos y decimos ser, pero no valen demasiado la pena; tics a los que se podría renunciar sin ningún perjuicio, pero que por alguna ignota necedad/necesidad nos empeñamos en conservar, en alimentar con la ritual repetición. Como si dejar algunas zonas privadas, en las sombras de la mirada ajena, nos diera  cierta paz, aire y la saludable sensación de ser libres. "Ellos creen que soy todo un intelectual y ¡ja, si supieran la radio que escucho cuando estoy solo! Hasta bailo, me emociono y lloriqueo con las letras (me las sé todas, je je)...". "Seré madre de seis, pero me gusta ver ropa interior sexy en esas tiendas medio escondidas de las galerías. Claro que nunca me compro nada -¡a mis años!-, pero igual me imagino. Odiaría pensar que alguna vecina me viera merodeando por ahí, así que me fijo bien y entro rapidito!". Cositas inocentes, solo que no van del todo con el identikit público.

No encuentro mucha explicación para una de las recurrentes perversiones menores en mí, pero cada dos por tres me entrego a ella sin culpa, hasta divertida por la posibilidad de que algún conocido -amigo, alumno del taller, contacto profesional- me agarre in fraganti. Consiste en comprar una medialuna rellena y una lata de Coca Light o similar en el Disco de Punta Carretas; luego me voy a una jardinera de plantas al lado del ascensor y me siento allí a comérmela groseramente mientras observo el movimiento humano del shopping (como si se tratara de algo lindo de ver). La medialuna es enorme pero sale $39.90, mucho menos que lo que me saldría cualquier refrigerio por ahí, y con esto me aseguro de pedir solo café. En realidad, creo que la perversión menor comienza por el propio hecho de ir de vez en cuando al shopping con la intención de trabajar o escribir, en el Bonafide o donde sea: ¿a quién le puede gustar estar en esa especie de avenida muerta que parece una vereda a la calle pero bajo techo, hormigueante y repleto de gente ávida de consumo, paseadores de bolsitas, música estándar, reiterativa, aire acondicionado, comercios? Lo más parecido a los sobrevivientes de una guerra nuclear, años después, o a una civilización cuyo problema con el ozono obligara a los habitantes del mundo a refugiarse bajo tierra, con luz artificial y ambiente climatizado. Me gusta imaginarme eso para luego bendecir el sol y el viento cuando salgo a la calle verdadera.

Lo peor del asunto de la medialuna es comer al paso en semejante entorno, olímpicamente instalada en contemplativo gozo. A la gente le da vergüenza hacer esas cosas; en un restaurant o café, todo bien, pero sentarse ahí a la vista, con la evidente intención de ahorrar -y quedarme en el shopping, porque de otro modo me podría llevar la comida a mi casa- es algo que llama la atención e incluso causa gracia. A menudo he sentido que si me pusiera a hacer abdominales o a cantar mantras a voz en cuello quizás me mirarían menos al pasar. Hoy una veterana simpática y juvenil que iba a toda máquina se dio la vuelta para sonreirme, como aprobando el desparpajo.

A veces a uno le toca ser testigo -precisamente por ese estar allí como no estando- de conversaciones insólitas; también es posible observar sin mucho pudor a todo tipo de personajes que circulan o se detienen en los alrededores. El otro día, había un gordito con cierta calvicie que intentaba concertar una especie de cita con una mujer por celular, o mejor dicho de convencer a dicha mujer de que fuera a su casa a comer sushi, pero dejando claro que con ellos estaría un tal Dante (cosa de que la mujer no fuera a detectar sus intenciones). Estaba tan nervioso que el asunto de Dante y el sushi lo repitió varias veces; luego le preguntó por unos paquetitos aromáticos para los roperos que no recordaba dónde era que se vendían. Me recordó al protagonista de La vida útil; no puedo decir que la película me gustó porque me sumergió de cabeza en los patéticos años ochenta uruguayos (si hay algo de lo que no me quiero acordar, es de esa sensación descorazonada y opresiva). Pero sin duda este tipo de hombres torpes, aniñados y entrañables existen en el mundo. Estas viñetas conviven conmigo todo el tiempo gracias a mi privilegiado escondite en las rutas del consumismo.

Pero seguramente las respetables señoras de casi medio siglo no deberíamos sentarnos de vaqueros y piernas cruzadas a comer enormes medialunas en el medio del shopping como liceales. Debe ser verdad que aún tengo muchas actitudes adolescentes. Por otro lado, en la vida me toca o elegido actuar  como vieja sabia, ayudando a la gente a lidiar con sus profundidades y sus sombras. Creo que también me merezco jugar, flotar, perder el tiempo, dejar salir mis zonas inmaduras para que algo de liviandad me ayude a sobrellevar el comprometido y preciado paquete. Así que seguiré cultivando mi vida secreta en todas sus formas porque me hace bien. Con estas tonterías, que no le reporto a nadie (aunque las tome como excusa para escribir aquí), y lo mismo haré con estados de ánimo, vínculos, exploraciones, visiones, sueños, ficciones, conversaciones callejeras, memorias que le corresponden únicamente a mi soberanía territorial, el primero y más elemental derecho humano. De todo eso elegiré cómo, cuándo y con quién compartir cada cosa, si acaso le llega su momento. Espero querer compartir mucho, pero no lo haré por decreto.

Es lindo pasar toda una noche charlando con una amiga y tomar vino mientras se cuentan secretos y reflexiones. También lo es llorar junto a un ser querido nuestras miserias, nuestro lado perdedor, y no tener que esconderse. La confesión alivia, las revelaciones de algo viejo sorprenden. Las pasiones calladas que un día se dicen. Las pesadillas que se cuentan entre ahogos. Los sueños de lo improbable que uno se atreve a formular. Y pocas cosas deben ser más reconfortantes que una pareja de muchos años que nos mira y nos conoce más que nadie. Pero siempre quedará una zona privada en el alma, y está bien que así sea: ese mismo espacio será la tierra que pisaremos cuando llegue el día de nuestra muerte. Que, aunque nos encontrara rodeados de afectos, no dejará de ser en solitario.

Hay cajitas guardadas en el desván y llenas de telarañas, hay diarios rojos con llavecitas, hay olores en el frasco, hay todo lo que pudo haber sido, hay danzas efímeras, hay miradas sorprendidas, hay lágrimas que se contienen y lágrimas que se lloran, pero cuya causa no se dice.

Qué suerte que todavía me puedo sentar allí, al lado del ascensor, en ese lugar medio decadente de las privadas manías incomprensibles.

Yo quiero envejecer como Vera

Hace como una semana celebré mi cumpleaños yendo a un espectáculo en el Museo del Vino que hacía mucho quería ver, alentada por la conjunción de dos Carlos que me importan: Da Silveira, para mí Toto (guitarrista de primera y director musical del asunto), y Gardel, en quien se basa el recorrido tanguero de la propuesta. Según lo que comentó esa noche Luciano Álvarez, el presentador, hoy 7 de noviembre se cumplen 77 años de que El Mago pisara Uruguay por última vez: nunca más regresó, nunca más cantó Volver desde el barco. Como dicen Los Tigres del Norte en Al sur del Bravo, «tú sabes dónde naciste, no dónde quedas».

Me gustaba esa idea de festejar mi cumpleaños en un entorno lleno de botellas de vino, coronado todo por un show que se llama Desde el alma. ¿Qué mejor que celebrar desde ese lugar invisible que para mí es tan importante? Más la coyuntura de los tres cuartos de siglo de la muerte del emblemático Carlitos, eje de tanta mitología conjunta que construimos Levrero y yo mientras vivió: Desde el alma de Gardel. O sea, El alma de Gardel. Gente muy apreciada en torno a la mesa y alguna botella reserva que invitó mi tío de México (el tercer Carlos del museo), inmejorable Tannat Viejo de Stagnari. Así que ahí estaba, dispuesta a escuchar, a dejar entrar en la dichosa alma aquella música y aquellas letras. Con buena compañía, sobre todo desde la silla de la izquierda. Es cierto que me hizo falta el Gardel reo, la voz de Discépolo, el lado tragicómico del tango, digamos, pero no deja de ser una linda propuesta. Los músicos que interpretan tienen mucho ángel: dieron todo el tiempo la impresión de que era la primera vez que cantaban aquello, la primera vez que se juntaban a tocar y crear magia, y sin embargo sé que llevan a cuestas como sesenta funciones. Eso me dio qué pensar: ¿cómo hacen, con qué energías del presente, del estar absortos, se conectan para disfrutar lo tantas veces repetido con inocencia, de formas renovadas?

Ese era el contexto: cumplir años, cuarenta y siete. Resulta que soy una mujer en plena mediana edad y, aunque la "franja etarea" me haya pegado maravillosamente a medida que fui acercándome a los cuarenta, supongo que desde mis bambalinas subterráneas no dejarán de moverse y cuestionar -con cierto grado de provocación- quién sabe qué cosas acerca del envejecer, el ser mujer, la juventud lejana, la belleza perdida, etc. La suerte es que justo esa noche me tocó recibir un regalo simbólico que quiero consignar aquí para no olvidarme. La cantante líder, Vera Sienra (a quien había visto solo una vez con Larbanois Carrero hace mucho, mucho tiempo, probablemente en el año 1983, durante uno de aquellos recitales masivos de canto popular en el Franzini, de esos en que todo el mundo cantaba con textos casi en clave para eludir los ojos de Medusa de la Dictadura) me resultó ahora  una persona fascinante en el escenario. No es el tipo de voz que me gusta especialmente -yo tiendo a enviciarme con voces angelicales, suaves, digamos-, aunque siempre que la escuché en discos o en la radio reconocí su capacidad interpretativa. Ahora verla actuar fue un plus increíble por todo lo que trasmite escénicamente. Tiene una sonrisa franca que muestra su placer de fluir, su estar trepada a la nube de sí misma, fuera de todo. Pero también establece el contacto con lo de afuera; no es un vuelo narcisista o embebido en lo de adentro, agotado, estéril. Me pareció una mujer bellísima, también exteriormente, y ni su edad ni su renguera al caminar -tengo una imagen que me vuelve de aquel concierto de hace más de 25 años en la que la veo en silla de ruedas, pero seguramente es algo que aportó posteriormente mi imaginación a la memoria- opacan esa belleza en absoluto. Porque viene de adentro, del gozo de hacer lo que se ama.

La vi deslumbrante, cantando, sonriendo, con la mano en el corazón, plena. En la foto de su primer disco, jovencita, parece muy linda; a todas las mujeres nos pega envejecer, pero lograr hacerlo a cara abierta cuando en la juventud se fue hermosa (algo que solo nuestros contemporáneos pueden saber o recordar) es mucho más que simplemente envejecer con gracia. Es una toma de partido existencial.

Por lo que averigüé después, ella se retiró mucho tiempo del mundo creativo, del afuera de las tarimas (además de cantar, escribe poesía y pinta): también encaró la maternidad tardíamente, como yo. Eso de por sí hace un impasse natural , y más cuando el volverse madre de alguien se vive con asombro, con fascinación y reverencia. Es alentador que Vera haya logrado, en cierto punto del proceso personal, renovar sus zonas creativas, encontrar sus tejidos truncos y no temerle a la reaparición, a la recreación de sí misma. Ahí está, en el escenario, bellísima. Me recordó mucho a mi abuela Dora, gran mujer. Es bueno -y ojalá yo sea o pueda serlo para otras- ese tener mujeres mayores  que sean un modelo de ganancia, no únicamente de pérdida. Debe estar bien llamarse "Vera", lo verdadero, lo auténtico, lo que soy realmente; además forma parte del nombre de una estación que, por cierto, florece, está llena de vida. Me gustan esas pistas involuntarias que va dejando el azar. Los nombres dicen, las palabras dan forma.

Esa noche me vino de golpe a la cabeza, mirándola y en mi propio trance de cumplir un año más: "Yo quiero envejecer como Vera, verdad de Dios. Y -quién lo hubiera dicho- no quiero envejecer como Idea: eso me viene orquestado desde la mente, no necesariamente desde el alma". Porque parece que un destino oscuro, con autocondenas sin voz, decretos mentales sin letra y una necia voluntad de soledad me llevaran desde la juventud a recorrer el camino de Idea. Esa asociación con el fracaso de la vida, con el "no" por default, con las raíces subterráneas y podridas, con el apartarse por gusto de la savia para comprobar quién sabe qué cosas, con el negarse al amor y a las alegrías simples, eso siempre estuvo en mí, desde que tengo memoria. Hubo treguas, desde luego, gracias a Dios. Y esas treguas me trajeron a Astor. Y ahí Idea Vilariño no puede sostener su discurso: la vegetación la cubre y queda oculta como una pirámide devorada por la selva.

Idea no tuvo ningún Astor. A Idea se la llevó la muerte una vez que se le terminó la juventud. No fue mi caso. Todo lo contrario.

Cuando tenía veinte o veintiún años, averigüé que ella estaba dando clases de literatura uruguaya en mi facultad y le pedí permiso para asistir de oyente, simplemente porque quería estar en su cercanía, en su influjo energético. La admiraba muchísimo, había tenido que ver enormemente con mis incursiones en la poesía y era un placer leerla, saberme comprendida, gozar del vértigo doloroso. Pero me pareció una mujer tristísima, una mujer sin vida, nada que ver con la pasión y la intensidad que trasmitía en sus poemas. Recuerdo que sentí cierta desilusión, que conocerla me quebró alguna fantasía respecto a las profundidades oscuras: igual una podía convertirse en una mujercita normal, incluso cachetona, sin gracia, sin sangre bombeando, no importa cuánto mundo interno pujara por debajo. Esa soledad se la fue comiendo cuando más vieja se puso; en aquellas clases que asistí, Idea Vilariño tendría más o menos la misma edad que Vera Sienra tiene ahora, y -no me importa cuántos amores pasionales haya tenido Idea en su juventud, Onetti, Claps y toda la lista- en aquel momento era una mujer sin sazón, que no hubiera podido enamorar a más nadie sin recurrir a los interminables trucos de la memoria. Pero Vera no: Vera seguramente todavía fascina a más de uno.  Ella sabrá. Y si no es así, es como si lo fuera. Canta y se siente su idoneidad para la vida. Para disfrutar todo mientras dure, para no dejarse morir en un vano intento de mantener el control, de domar el misterio. Porque eso era lo que hacía Idea, lo que hacíamos: decir no para no correr los riesgos de decir sí.

Creo ahora que a  cualquier mujer en sus cabales, si pudiera elegir, le gustaría más estar en los zapatos de Vera que en los de Idea. Quizás al final no sea tan grandioso, trágico, original, pero hay ciertos lugares comunes que, por el bien propio y ajeno, convendría aprender a aceptar con gusto, como una medicina salvadora. Por ejemplo, la vida, el amor, la pareja, la familia, la alegría simple.

si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó

No

No, no quiero que la mente me siga repitiendo año tras año que mi destino es ser Idea, caer oscuramente, ya sin temblor ni luz. Seguramente existan otras posibilidades más saludables que no violenten a la que soy. El asunto es desarmar esos malditos decretos silenciosos que lo manejan a uno desde las zonas fantasmas de su inconsciente. Porque en el fondo no quiero que los astros solo sean barro que brilla, no quiero que el mar no sea más que un pozo de agua amarga. ¿Servirá, acaso, el paraguas anticipado del ya no será para cubrirse de las inevitables lluvias, valdrán la pena todas las renuncias solo por un pero yo vivo sola como medalla de guerra?

y que ya no doliera
y que ya no doliera.

Estoy empezando a darme cuenta de que habría que poder decir sí, sin ambigüedades, porque la vida igual se encargará de que nos vengan -cuando ella así decida- los dolores, las separaciones, los finales. Optar por dejar pasar las alegrías en defensa de la propia soledad es tan soberbio como pensar que dicha soledad no llegará solita, tarde o temprano, aunque totalmente fuera de nuestro control. Vendrá, sí, porque existen las muertes, los  abandonos, los ciclos que se terminan. No vale la pena aliarse con el enemigo, como hizo Idea. Balances de cumpleaños del retorcido signo de Escorpio.

Por cierto, leyendo en el Big Brother de Internet, no me sorprendió demasiado descubrir que Vera comparta conmigo el tan dual signo astrológico; de hecho, cumplirá 63 en unos pocos días más, en la misma fecha que Sor Juana Inés de la Cruz solía cumplir años cuando estaba en esta tierra. Escorpio está en la mirada, la muerte subterránea que hace raíz en lo oscuro y (en el mejor de los casos) logra salir a la superficie como flor, como planta. Ellas dos, sin ir más lejos, lograron reivindicar para sí el misterio y la luminosidad que, en principio, nos tiene concedidos el complicado alacrán.

También sabemos que el signo reserva otras facetas bastante menos gloriosas, pero contra la naturaleza no se puede hacer mucho más que seguir trabajando en la alquimia de uno mismo. Mientras se intenta madurar con cierta gracia, claro. Y, si fuera necesario, con bastante menos leyenda.



El especial del Juez

Vengo cruzada con el mundo. Anteanoche organicé otro temporal sobre mi claraboya y casi no pude dormir, esperando escuchar de un momento a otro el nefasto sonido de los vidrios rotos una vez más, materializando mis propias fragilidades y recurrentes ataques en contra. Por suerte no fue así, no sucedió; sin embargo, el avisito interno fue eficaz y hace un rato me bajé en la oficina de Bomberos para retirar aquel  famoso informe que me debían, de modo de poder iniciar los  trámites legales y morales contra el edificio lindero y sus derrumbes. Realmente lo que menos quiero volver a tener ataques aéreos de corte misílico sobre mi techo: mi propia locura a lo Carrie no es controlable, lamentablemente, pero sí lo son los posibles desprendimientos de los muros linderos. O por lo menos  sancionables, luego de pagar un dineral y hacer frente a una burocracia pasmosa. Me incliné por lo práctico; lo otro requiere un exorcista.

Como ya dije, estoy cruzada con el mundo, así que todo me parecía mal: el bombero ardiente que atiende el escritorio tenía un visible anillo de matrimonio en el dedo (sospecho que se lo puso luego de leer mi tetralogía involuntaria en este blog, asustado por todas las mujeres que fueron a requerir sus servicios profesionales de apaga fuegos); me hizo firmar y poner mi cédula en tres oportunidades (con amabilidad, no puedo quejarme, pero no deja de ser una pesadilla toda esa dinámica de papelitos y requetepapelitos corroboradores del primer papelito); tampoco pude enojarme porque el contenido del documento era realmente lo que esperaba: se destacaba el peligro de desprendimientos desde el  edificio vecino sobre mi claraboya, fijaba las precauciones a seguir y recomendaba que colocaran una malla sombra para contener los cascotes en tanto se reparaban los sectores peligrosos. Nada. Ninguna cruzada que librar. Y alguien cruzado sin cruzada es un peligro.

Subo al ómnibus rumbo al café Tribunales, libre al fin. La tarjeta magnética me dice: "Viaje no válido", con una difamante cruz electrónica a modo de ícono. Me desconcierto un poco; hubiera jurado que estaba dentro del plazo para viajar, pero acepto pagar (todo lo que me diga que estoy en falta provoca en mí esa automática reacción de querer reparar la ilegalidad e incluso disculparme). Aparece el letrerito de "1 hora" y paso la tarjeta, pero algo sale mal, no marca; el guarda se molesta, me recrimina haberme apurado. Yo le digo que no, que el letrero ya había aparecido, y que si quiere le pago en efectivo el viaje común. "No, no... "dice, malhumorado. No es para tanto, che. Se concreta el cargo del boleto, al fin, y me voy a sentar atrás. Pero mis afanes controladores no descansan jamás, y hete aquí que busco el boleto anterior y lo reviso. ¡Já! Lo que sospechaba: efectivamente, mi viaje estaba dentro del plazo. El  boleto viejo decía: "12.45" y el nuevo 13.20"; me sobraba montones, además de que (por más extraño que parezca) en Montevideo los boletos de una hora duran 80  minutos.

Vuelvo para atrás y se lo digo al guarda, pero de buen modo, tipo "¿Qué puede haber pasado?". Pero él, lejos de tomar una actitud comprensiva y darme una palmadita por la espalda -no le estaba pidiendo que me devolviera el importe ni nada así-, comenzó a culpabilizarme. Que si yo creía que estaba dentro del plazo, por qué entonces había pagado ("El tiempo es muy relativo... ", le dije, pero enseguida me callé pues el tipo nunca entendería cómo alguien puede vivir tan en las nubes comoo para no tener demasiado claro si pasaron treinta minutos o tres horas). Que las tarjetas se descomponen ("¿Y su máquina no puede estar mal?", discutí yo). Que yo me había apurado en pasar la tarjeta. En fin: causa perdida. Le dije que solo quería reportárselo por si le sucedía a algún otro pasajero y me senté en silencio en el asiento de adelante, pronta para bajar en breve. De lo poco que he aprendido en cuanto a ese afán de señalar la imperfección del mundo con el dedo es que en ciertos casos conviene claudicar y renunciar a tener razón: el tipo se iba a seguir defendiendo, sin ver que lo único que yo quería era que me dijera: "¡Pero qué barbaridad! ¿Qué habrá pasado?".

Ahora, en cuanto a la molestia neurótica e incontrolable de tener que renunciar a gozar de un mundo perfecto, hay un caso claro en que la sabiduría todavía no me alcanza para tanto: cuando se meten con terceros, y con terceros que yo considero más débiles o vulnerables. El ómnibus paró, y un adolescente bastante tímido le dijo que se quería bajar. Fue suficiente para que el chofer le diera un sermón: que esa no era la parada de aquella línea sino de otras, que la parada estaba un par de cuadras después, que no se iba a morir por caminar un poco, etc. Yo subí las cejas, incrédula. Pero cuando la lengua se me disparó sin filtro alguno fue al escuchar: "¿Qué te crees, hermano, que esto es un taxi?"

Ni el muchacho ni yo ni nadie tenemos por qué saber los pormenores, sutilezas, reglas y dificultades inherentes al oficio de la apasionante vida de los guardas y choferes de Cutcsa. Simplemente tomamos los ómnibus para desplazarnos, tratamos de pagar el boleto de formas razonables y de bajarnos en las paradas más cercanas a nuestro destino, no importa dónde queden ni cuáles sean estas oficialmente en cada caso. Todo eso es problema de ellos, gajes del oficio, instancias que se nos deben informar amablemente. Nosotros vamos por el mundo pensando en otras cosas. Los que por definición deben convivir con ese bodrio cada día son los trabajadores de las empresas de transporte, así como los burócratas que creen que sus reglas arbitrarias y ridículas están escritas en la bóveda celeste y uno, por desidia, no las consultó antes de aproximarse a solicitar un servicio. Pero para eso les pagan; nosotros, en cambio, pagamos por el servicio. Ahí fue cuando, ante el silencio del muchachito que no se defendió, me escuché decir:

-¡Che, pero para tomar este ómnibus hay que leer primero un manual! Si no sabe dónde es la parada, no sabe: chau. Es asunto suyo decírselo.

El tipo me miró, azorado, por el espejo. Me quiso explicar algo, no sin antes dejar claro que yo me había metido en su conversación -a voz en cuello- con el adolescente. Yo le dije que no podía ser que tanto el guarda como el chofer se pasaran rezongando a los pasajeros; el guarda también me miraba con los ojos grandes, pero no dijo nada. El cacareo siguió unos segundos más y el muchacho se bajó, seguramente confundido pero en el fondo sonriendo por la inesperada aparición de Super Ratón. El resto de los pasajeros, como siempre en Uruguay, miraba.

Yo sabía que no sacaría nada con mi comentario, pero me pareció excesivo tener un par de "educadores" en el mismo ómnibus. Que le dijera que no era la parada estaba bien, pero lo del taxi era totalmente gratuito. Y acá todo el mundo se banca esas cosas: la dictadura del subalterno. ¿Quién se cree esta gente  para darnos cátedra de su pobre, minúsculo mundito de tantas, tantas horas por día, en las que básicamente se pasan charlando entre ellos como si estuvieran en el liceo todavía, haciéndose la rabona? Y cuando un pasajero molesta con esos asuntos que no están escritos en el cielo, todavía lo sermonean. Lo cierto es que el resto del trayecto, el guarda y el chofer se quedaron calladitos. Yo también, y con visible cara de pocos amigos reflejada en el espejo.

¡Ah, qué fantástico resulta a veces permitirse ser una amargada de mediana edad que va por el mundo diciendo lo que se le pega la gana! Claro que no es muy buen pronóstico para la vejez, en que seguramente me pondré más irritable y obtusa. Pero lo importante es no consumirse en el caldo de la queja rumiante, como hace casi todo el mundo en este país. No: largar para afuera. La próxima vez dudo que, pensando que el pobre no se atreverá a contestarle, el chofer se abuse de un chiquilín con comentarios como: "¿Qué te crees, hermano, que esto es un taxi?" solo porque no sabe dónde queda exactamente su estúpida parada. Podría haber, escondida entre el pasaje, una justiciera de mediana edad con disturbios hormonales propios del inminente climaterio (digo yo) dispuesta a pararle el carro.

Ni "mú" me dijeron cuando me bajé del ómnibus. Me vine al Tribunales y me pedí una copa de vino blanco y un especial del Juez. Creo que, tratándose de mí, ese siempre será el sándwich que mejor me sabe. Life rules.

Santo varón

Seguramente los publicistas -profesionales o empíricos nomás- lo tenga más que estudiado: rara sería tal insistencia de no ser así, porque pasan los años y la tanda de Radio Clarín siempre se ve bendecida con auténticas perlas de doctores que prometen curar "los trastornos sexuales del varón". El esquema es una voz masculina que habla en una respetuosa segunda persona de "usted", presentándose como el Dr. Fulano de Tal; a continuación, intenta propiciar un clima de confianza con el menguado candidato (en la tónica de "Lo escucharé atentamente" y "¡Hombre, si a todo el mundo le pasa!"). Y luego, como para rematar, detalla la enorme lista de los males que pueden estar aquejando al susodicho oyente, cosa que ya no le quede ninguna duda de la utilidad de la hipotética consulta: impotencia, eyaculación precoz, bajo deseo sexual, todo el catálogo... Como en los anuncios radiales no puede ponerse títulos sobreimpresos, el teléfono suele repetirse varias veces, tipo "Llame ya, lo estoy esperando"; debe ser así, supongo. Después de haber escuchado, en formato catálogo, la lista de sus propios síntomas, más la promesa de una solución misteriosa, supuestamente en candidato debería correr desesperado hacia el teléfono.

Me pregunto si la persistencia de esta curiosa tanda -por más que le doy vueltas, no puedo imaginarme la escena real de un cristiano en apuros llamando para atenderse con un doctor al que escuchó anunciarse en Radio Clarín, pero insisto: si no diera resultado, ya la hubieran dado de baja hace rato- tiene o no relación con el prototipo del macho tanguero, varón de arrabal, para quien (muy especialmente) las herramientas de la honra deben portarse siempre en alto. ¿Será un hecho que el público de Radio Clarín en particular es el segmento más productivo para este tipo de avisos? ¿Por el tango, quizás, y su melancolía amarga (que podría afectar la performance en espíritus sensibles)? ¿Por la edad? (ahora que me empecé a fijar, es cierto que también abundan los avisos de residenciales, prótesis dentales y audífonos) ¿Por la extracción social, acaso? Nebulosos borradores para sociólogos de café.

Hace años que escucho este tipo de publicidad allí; siempre me hizo gracia, más porque me sentía una intrusa involuntaria de las intimidades del apesadumbrado interlocutor, futuro paciente del Dr. Fulano de Tal. Pero ahora se ha puesto mucho más encantador el asunto, pues a un primer doctor se ha agregado un segundo doctor, en competencia por el mercado de los tangueros amedrentados. El doctor que me parece que es más nuevo en Clarín -abriendo su escaparate sexual entre anuncios de casas de cambio, marcas de yerba y control de plagas- es más canchero, entrador:

"Escuchemé (sic): soy el Dr. Carlos Russo...

... venga a verme, que sabré escucharlo!"

Al rato, entonces, se escucha la voz del otro doctor, delimitando su duramente ganado territorio, y dándole hasta un tan inesperado como original nombre a su clínica:

"Le habla el Dr. Moreira, 17 años de experiencia avalan...

... consultorio sexológico 'Hombres'..."

Entre uno y otro, como para matizar, se intercalan un sinnúmero de folklóricos anuncios que -no sé si me estoy sugestionando- parecen aludir a la misma temática:

El carburador que el andar destruye
Carbudis lo reconstruye


Qué no daría por escuchar la conversación telefónica de un interesado cualquiera con el doctor (o la secretaria de este, si la hay). ¿Cómo le explicará lo que le pasa? ¿O pedirá una cita sin más, simplemente mencionando que es oyente de Clarín y lo demás se supone, tal como si se tratara de una contraseña masónica? ¿Y si el doctor resultara no ser tal cosa, pero sí un médico brujo o chamán y le quiere hacer comer sospechosas hierbitas? ¿Podría negarse el paciente, teniendo el Cielo casi asegurado? ¿Cómo estar seguro de que, una vez con los datos clínicos en su poder, no lo chantajeará con la amenaza de reverlarlos frente a los muchachos del café?

Es todo muy, muy misterioso. Si yo fuera hombre, ya estaría agarrando el teléfono para sacarme tal curiosidad. Llamaría y empezaría así la conversación:

"Doctor, tengo un amigo que... "

Tangueros


SERVICIO SOCIAL DE EL LIBRO DE LOS PEDACITOS MÁGICOS EN SOLIDARIDAD CON NUESTROS LECTORES DEL SEXO MASCULINO

Dr. Moreira: 2623 1412

Dr. Russo: 2481 2992


CLARIN AM580, con mástil irradiante en 56º12’50” Longitud W., 34º47’50” Latitud S., trasmite las 24 horas al día, todo el año, en 580kc/s, desde la ciudad de Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay.

Caperucita Feroz (1)

Cuento

Por el lugar más tupido, por allí se entra al bosque. Pero las canastitas no sirven para nada: sirven en cambio las espadas, los escudos, los brillos metálicos, las cadenas pesadas, los yelmos, la cota de malla; sirven los mapas para buscar griales debajo de las piedras, o las piedras para desollar lobos, o hasta las pieles de los lobos para taparse del frío; sirven los pasteles de manzana de la abuela, las cerezas, el olor a canela, la leña crepitando después de una tarde de lluvia. Toda la mitología de los bosques es inútil, las canastitas son del todo inútiles en el bosque. Pero no sé por qué cuentan tanta cosa desatinada de los bosques, como para que las niñas estúpidas los atravesemos sin preocuparnos, sin poner el dedo en el gas pimienta, como deberíamos, en cambio. Un bosque suele estar lleno de zorros haciendo zancadillas, de jabalís acosadores, de lagartos ladrones. Sí, el bosque es cierto lugar donde a menudo se refugian las sombras de violadores ajusticiados, donde van a parar los aullidos de parto, donde crecen árboles gigantescos de voz grave. Y yo, sacando mi canastita, mi mantelito deshilado, mis deslucidos recuerdos de contienda.

NOCHE DE PARAGUAS * Homenaje a MARIO LEVRERO

LUNES 30 DE AGOSTO
de 20 a 22 horas

NOCHE DE PARAGUAS

Un homenaje a Mario Levrero de lapicera y copa (2004-2010)



                                                   Fotografía de Levrero

Si esto realmente fuera un homenaje, sería un homenaje underground. A seis años de su muerte, el lunes 30 de agosto no habrá discursos, no hablarán los especialistas, no se soltarán palomas, no se presentarán libros, ni siquiera tendrán ciertos medios de comunicación mayor excusa para ejercer la crítica destructiva (como tres años atrás). 

Se nos ocurrió que la mejor forma de honrar la memoria de Mario –es decir, recordar una vez más su ausencia y celebrar el haberlo conocido, en persona o desde sus libros– sería escribir juntos a partir de una misma consigna suya. Abierto a todo el mundo: haremos simplemente una jornada colectiva de escritura y vino. 

Los esperamos este lunes a las ocho de la noche en Pacharán*, cantina vasca (la terquedad de seguir escribiendo nos puede). Queda en San José 1186, entre Michelini y Gutierrez Ruiz; tienen que subir la escalera de mármol y virar hacia la izquierda, empujar la puerta y entrar. Allí encontrarán las "instrucciones" en un pizarrón.

¡Todos los que quieran acercarse, escritores, alumnos y/o lectores de Levrero, son bienvenidos! (difundir)

La entrada es libre, pero es preciso confirmar presencia enviando un mail a nochedeparaguas@gmail.com


* Traer herramientas (lápiz, lapicera, hojas). Las bebidas espirituosas y demás consumos corren por cuenta de cada uno.

La cólera de Aquiles, la ira de Poseidón

He estado involucrada últimamente con el retorno a Ítaca de La odisea. Bueno: sería justo, entonces, revisar lo que ocurrió justo antes de ese punto. Hace una semana fui a ver Homero, Ilíada, basada en una versión de Alessandro Baricco sobre el clásico homérico, con dirección de Jorge Curi (Teatro Victoria). Y lo que ocurre justo antes del trabajoso retorno de Ulises a Ítaca es una guerra, una verdadera carnicería, un sitio a una ciudad amurallada que duró diez años, un conflicto en el que ambas partes tenían la razón. Es decir, una tragedia.

Es todo un tema el estancamiento. Y las cosas parecían detenidas en la interminable Guerra de Troya, y aún más estancadas cuando el mejor de los guerreros griegos, Aquiles, enfurece sintiéndose estafado por Agamenón y se retira de la contienda. A eso se refieren con "la cólera de Aquiles"; hay que acercarse a este personaje e intentar entender su carácter iracundo, sus rabias ofendidas, sus airados castigos, porque si no La Ilíada entera pierde sentido. Aquiles es uno de sus latidos más claros; su cólera, la sangre que el corazón bombea. Y mucho más terrible que la rabia que lo impulsa a alejarse, es la que luego lo devuelve a la batalla, cuando Héctor mata a su amadísimo amigo Patroclo. Al parecer, los tres gritos de Aquiles frente al cadáver le heló la sangre hasta el último de los troyanos, peor que si hubieran provenido de la garganta de los dioses.

Sin embargo, hasta la cólera de Aquiles puede llegar a tambalear en un momento de compasión -por más semidiós que fuera, tenía un talón humano-, y es cuando el rey Príamo se presenta en su tienda, clandestino, arriesgando su vida, para suplicarle que le entregue el cadáver de Héctor. Esta escena siempre me estrujó particularmente, lo que llega a hacer el rey para recuperar el cadáver de su hijo: besar las manos del que le dio muerte, humillarse arrodillado frente a él. Tan fuerte es la necesidad del cuerpo muerto, desaparecido de lo cotidiano, tan necesario es poder enterrar el cadáver de un ser querido. Hacer el duelo de verdad. Habría que tomar nota en estos países antes de juzgar el dolor ajeno. Lo más hermoso es que terminan comiendo y bebiendo juntos; luego Príamo le pide un lecho para dormir, allí, en la tienda de su enemigo, que bien podría degollarlo. Pero haber logrado su comprensión le da paz y duerme, duerme luego de tantas noches de insomnio. Aquiles lo acoge, tocado en su corazón por aquel amor de padre, por ese rey ya anciano que inclina su cabeza frente al destino. Llega, incluso, a llorar junto a Príamo. Pero, claro, orgulloso como era, igual no se priva de lanzar uno de sus siempre enconados desafíos: "Ahora no me irrites, viejo. Te devolveré a tu hijo, porque si has llegado vivo hasta aquí quiere decir que ha sido un dios el que te ha guiado, y yo no quiero molestar a los dioses. Pero no me irrites, porque soy capaz hasta de desobedecer a los dioses."

Algo interesante en esta Ilíada -al menos tres veces el texto lo enfatiza en boca de los propios protagonistas, no de un narrador- es que lo que se está viviendo será contado y sabido por las generaciones venideras. Tenían conciencia de la dimensión épica, mitológica de sus vidas en tanto modelo, en tanto historia con potencial de comunicarse con otros seres humanos; incluso cuando sus vidas, finitas y limitadas, hubieran concluido. Más aún en el contexto de una guerra: parece razonable pensar que uno no saldrá vivo de ella, luego de diez años de empecinamiento vengativo de los griegos y diez de estar sitiados de los troyanos. Esa declaración de trascendencia, al futuro, cobró inusitada fuerza porque el teatro estaba lleno con al menos 150 liceales. Que estuvieron la hora y media en silencio total, atendiendo; aplaudieron mucho y se quedaron afuera conversando. Me hubiera encantado hacerme invisible como Sue Storm (mi sueño desde niña), y escuchar divertida, sin privarme, sus conversaciones; sin alterarlas con mi presencia cerca. Mientras hacía tiempo abriendo el paraguas, alcancé a escuchar a un grupito de varones que comentaban la obra, muy conformes, aunque uno de ellos se quejaba de que lo único que no había entendido era qué carajos representaba una especie de armatoste, de grúa, que desciende sobre los troyanos muertos mientras el aedo se niega a seguir contando los horrores del desenlace; las luces se apagan y la obra termina.

Tendría que cantar sobre aquella noche, pero tan sólo soy un aedo; que lo hagan las Musas, si son capaces de ello, porque sobre una noche de dolor como aquella yo no voy a cantar.

La verdad es que ni se me había pasado por la mente preguntarme por el significado de dicho armatoste descendiendo: simplemente viví el efecto que me produjo, sumado a las palabras, a la oscuridad creciente, y me conformó. Pero recordé entonces que, cuando tenía 13, 14, 15 años, solía hacer exactamente lo mismo: buscar equivalencias simbólicas inamovibles, como un alfabeto secreto que por cada carácter en un idioma me diera otro a cambio, a fin de permitirme develar el enigma, el mensaje cifrado. Las cosas, por supuesto, no funcionan así: son polisémicas. Me enloquecía tratando de captar el significado profundo, el simbolismo, de cada escena, de cada personaje de Tommy, la ópera rock. Empecé a verla a los 12 años, y la seguí viendo cada año o máximo cada par de años por mucho tiempo -aunque ahora nos cueste recordarlo, aquel era un mundo en el que no existía el video o DVD, y uno debía esperar pacientemente a que volvieran a dar la película en el cine por capricho del programador de los ciclos, o de lo contrario verla sucesivamente mientras estaba en cartel-; había encontrado paralelismos con la historia de Jesucristo -muchos-, pero chocolate y frijoles saliendo a litros por la pantalla de un televisor sobre una habitación decorada de blanco -por ejemplo- era difícil de ubicar en mis equivalencias. Uno es muy intelectual cuando adolescente, quiere controlarlo todo. No me importa cuántas grúas o pozos petroleros bajen acompañando el apagado de las luces: si funciona desde lo estético, lo emocional, me lo quedo. Pero tratando de identificarme con el joven espectador -que al parecer había entendido sin problemas cómo es posible que dos naciones se maten durante una década por una adúltera y un niño malcriado, que peleen usando espadas y lanzas, y que no existan celulares ni Internet-, puedo lanzar la atrevida teoría de que ese movimiento de la grúa, o lo que aquello fuera, hacia los personajes, alude a una epifanía, al descenso de la divinidad sobre el escenario de la tragedia humana (algo que era un recurso habitual para resolver los destinos). Deus ex machina. Y "máquina" es lo que vimos descender, finalizada esta representación de una obra del siglo VIII AC en la que los dioses fueron excluidos a propósito. Ellos siempre consiguen colarse.

En realidad, eso fue cosa de la puesta teatral; el texto literario no menciona nada de grúas, máquinas o dioses. Lo que sí nombra varias veces es al destino como causa detrás del resultado de las acciones humanas: el hombre elige y actúa en consecuencia, y debe hacerlo en paz, pues si su destino es lograr un resultado o lograr otro, ese lo será de todos modos. Aunque los dioses sean mudos e invisibles, de todos modos hay una certeza de su accionar por detrás. Uno simplemente los ayuda a expresarse decidiendo, pero dicha elección está en consonancia con una armonía que nos es imposible entender. No es determinismo; tampoco es libertad ilimitada, posibilidad irrestricta. Los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué motivo. Eso no quiere decir, desde luego, que no sea posible navegar hacia otro rumbo, o bajarse del barco y caminar, o esperar los vientos que favorezcan nuestras elecciones. Sólo quiere decir que los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué.

Me cuesta el teatro porque -sé que es una pedantería de mi parte- el physique du role nunca me convence del todo: una Helena de Troya cuarentona, de baja estatura, con pancita y voz áspera, jamás me va a hacer quedar con la boca abierta contemplando la infinita belleza arquetípica de aquella excusa por la que los hombres son capaces de desplegar sus más sórdidos tableros; un Aquiles que bien podría ser el muchacho del kiosko no me impone el intimidado respeto que tendría que venir junto con la mención de su nombre (no digamos la aparición de su estampa); un Patroclo pelado nunca irá a sugerirme el amor casi homosexual de Aquiles por él, capaz de hacerle vencer su orgullo y despertar su segunda cólera, la más despiadada de las dos. Para la venganza, la guerra, las pasiones, necesitamos belleza. Belleza física, digo. El cine nos la da, cuando es necesario en el argumento; nos da la edad, la complexión, la raza adecuada. El teatro exige demasiado; al menos yo jamás puedo sustraerme del todo al marco mismo del escenario que rodea "la realidad", a esa frontera visible de contacto con este mundo, como tampoco puedo dejar de oír los zapateos en el piso de madera ni de molestarme cuando el personaje gira y no escucho tan bien su voz. Es como hacer el amor pensando en que dejamos un guiso en el fuego y el agua podría consumirse. Yo soy una mujer de cine, qué le voy a hacer.

Pero salvo por estos detalles inevitables del casting en el teatro uruguayo, la puesta está muy buena, con un escenario que no es tal -usa una zona central de la platea-, escenografía mínima, vestuario evocador, interesantes contrapuntos, y una muy sugestiva ambientación sonora. Vale la pena conseguir el texto según Alessandro Baricco; yo aproveché el descuento de la librería La Lupa y me lo regalé: Homero, Ilíada, amarillo de Editorial Anagrama. Una obra que nos llevaría unas cuarenta horas, de ser leída en voz alta, aquí va a la esencia y logra momentos conmovedores. No será La Ilíada de Homero, pero ¿qué importa? No hay que rendir examen alguno, salvo que seamos liceales, de esos que había a montones: que se las arreglen ellos.

Es todo un tema el estancamiento, y también es todo un tema la guerra. Y más en obras como ésta, en las que el escritor original es tan maestro que, en el fondo, no logramos ponernos de ninguno de los dos lados. Quizás mi naturaleza me llevaría siempre a los troyanos, aunque me enoje conmigo misma porque de antemano conozco el final (siempre con los heridos, los vencidos, los losers, pero bueno, de ahí parten asimismo mis virtudes, si las tengo). Sin embargo, en La Ilíada uno puede ver claramente las razones de ambas partes; es casi imposible tomar partido por uno, si eso conlleva la destrucción del otro (es lo que me tocará pronto, salvando las distancias, en el desgraciado partido de fútbol en que Uruguay deberá medirse contra México). Malditos griegos, malditos troyanos. Lo que queda bien claro es que, en el momento en que se cuenta La Ilíada, ninguno de los dos bandos puede más. Desearían que el horror se precipitara cuanto antes, con tal de no seguir en esa angustiosa espera, con las vidas suspendidas.

La cólera de Aquiles también es todo un tema. La cólera que lo lleva a alejarse de la guerra -...mientras ésta va creciendo en su atormentado interior...-, y luego la cólera que lo lleva a arrastrar por doce días el cadáver de Héctor, enganchado de los tobillos a su carruaje, denigrándolo frente a sus conciudadanos y familiares frente a las murallas de Troya. Una nube de polvo y sangre, más la imposibilidad de recibir digno entierro, lo que en aquel mundo equivalía a vagar para siempre en las inhóspitas orillas del Aqueronte y no poder descansar como corresponde: en el mundo de los muertos. Pero Aquiles era implacable en su rabia, en su afán de destruir a quien le había hecho daño. Creo que sólo otro personaje lleva tan lejos su cólera y su venganza de corazón herido, y es Medea, que prefiere matar a sus propios hijos para así herir de muerte a Jasón.

O Poseidón, que con su ira consiguió desviar a Ulises diez años más -es decir, sumados a la propia Guerra de Troya- de su ansiado retorno a Ítaca. Lo que hubiera sido una afable navegación de quince días se convirtió en una peligrosísima década en alta mar, acosado tanto por maremotos y naufragios como por vientos que se negaban a soplar. Es difícil y arriesgado navegar en semejantes aguas, pero de todas formas al final Ulises logró llegar. Quizás más templado, más pulidos sus defectos natos, y ciertamente conectado con los aspectos "femeninos" gracias a diosas, magas y ninfas. No retornó a Ítaca aquel astuto y calculador guerrero que la dejara veinte años atrás: el viaje lo hizo mejor, mucho mejor.

Ni la ira de Poseidón ni la cólera de Aquiles -dejemos a Medea de lado, por destructora imbatible- lograron cambiar el curso del destino. O probablemente esas emociones sean colores del destino mismo, parte importante de su paleta de pintor malévolo.

Sí, es todo un tema la guerra.

Iliada_programa



Apostillas a las casualidades del malévolo pintor:

Este texto para el blog fue escrito inmediatamente de vista la obra. Había apuntado más o menos las palabras de cierre, que aquí cito textuales ya con el libro de Baricco en la mano. Pero resulta que, al buscarlas, descubrí que en la versión literaria el asunto continúa hasta el final de la página; me dejó dura, porque sin haberlo planeado redondea, como serpiente que se muerde la cola, el comienzo de este post. Luego de terminar el aedo su relato, el rey Alcínoo repara en que hay un hombre que llora entre el público; lo llama, le pregunta por qué le hace sufrir escuchar aquella historia y quiere saber quién es. El hombre baja la mirada y le dice en voz queda:

"Yo soy Ulises. Vengo de Ítaca y allí, algún día, regresaré."
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